El castillo abandonado | Cuento de HALLOWEEN

EL CASTILLO ABANDONADO




 

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Había un castillo en las afueras del pueblo que todos los niños conocían. Estaba abandonado desde hacía muchos años, y se decía que por las noches, los fantasmas que vivían allí organizaban una fiesta secreta solo para aquellos valientes que se atrevían a entrar.

Sofía, una niña curiosa y aventurera, escuchó la leyenda de la fiesta fantasmal y decidió investigar. Sus amigos Tomás y Mateo la acompañaron, aunque temblaban un poco de miedo solo de pensar en lo que podían encontrar.

—¡Vamos, no hay nada que temer!— dijo Sofía, mientras caminaban por el bosque que llevaba al castillo. —Los fantasmas no existen, y si esta historia es cierta, será una aventura increíble.

Al llegar al castillo, las puertas de hierro se abrieron con un chirrido. Los tres niños se miraron sorprendidos, pero Sofía insistió en avanzar. Caminaron por los pasillos oscuros, iluminándose con una linterna, hasta llegar a un gran salón de baile. Las paredes estaban decoradas con viejas cortinas de terciopelo, y una enorme araña de cristal colgaba del techo. Pero lo más extraño era que el lugar estaba lleno de... fantasmas.

—¡Bienvenidos a la Fiesta Fantasmal!— dijo una voz amable. Era un fantasma alto con un elegante traje antiguo y un sombrero de copa, que flotaba por el salón. —Soy el anfitrión, el Conde Sombrío. Y esta noche, todos son bienvenidos, siempre y cuando estén listos para bailar.

Tomás y Mateo no sabían si gritar o quedarse inmóviles del susto, pero Sofía, que siempre encontraba lo divertido en todo, sonrió y dijo: —¡Nos encantaría bailar!

Los fantasmas aplaudieron con emoción, y de repente, la sala se llenó de música. Un fantasma tocaba un violín, mientras otro movía las teclas de un piano polvoriento. Los fantasmas comenzaron a bailar con sus trajes antiguos y vestidos que flotaban con cada movimiento.

Sofía, Tomás y Mateo empezaron a moverse al ritmo de la música, olvidando poco a poco su miedo. Bailaron junto a los fantasmas, que hacían piruetas y giros que parecían imposibles para cualquier ser humano. Era como si la gravedad no existiera para ellos. Mateo incluso aprendió a flotar unos centímetros del suelo, gracias a un pequeño fantasma que le dio una mano.

—Esta fiesta es genial— dijo Tomás, mientras giraba junto a una fantasma que usaba un vestido de encaje traslúcido. —¿Por qué nadie del pueblo lo sabe?

El Conde Sombrío se rió y respondió: —Es porque la mayoría de las personas no creen en la magia, y solo aquellos que tienen un corazón valiente y abierto pueden vernos. Pero, por supuesto, nuestra fiesta solo dura hasta la medianoche. Después de eso, el castillo vuelve a quedar en silencio, y nosotros desaparecemos hasta el próximo Halloween.

Sofía miró su reloj de muñeca. Faltaban apenas diez minutos para la medianoche.

—Chicos, tenemos que volver antes de que el reloj marque las doce— dijo Sofía, tomando a Tomás y a Mateo de la mano. —La señora Marga nos dijo que el castillo se cierra solo y no quiero quedarme atrapada aquí hasta el próximo año.

El Conde Sombrío sonrió con amabilidad y les dijo: —No teman, amigos. Siempre serán bienvenidos a nuestra fiesta, pero deben ser puntuales para irse. Los acompaño hasta la salida.

Los tres amigos corrieron por el pasillo, guiados por el conde y su sombrero de copa que brillaba en la oscuridad. Cuando llegaron a la puerta principal, el reloj del castillo empezó a sonar la primera campanada de medianoche.

—¡Hasta el próximo Halloween!— dijo el Conde Sombrío, mientras la puerta del castillo se cerraba tras ellos.

Sofía, Tomás y Mateo miraron el castillo desde el bosque, ya a salvo, pero con una mezcla de nostalgia y emoción. No podían creer lo que acababan de vivir. Se prometieron regresar el próximo año y, mientras caminaban de vuelta a casa, supieron que esa noche de Halloween sería un secreto que solo ellos y los fantasmas del castillo compartirían.

—¡Esta ha sido la mejor fiesta de todas!— exclamó Mateo, mientras los tres amigos reían, emocionados por la experiencia.

Y así, cada Halloween, Sofía, Tomás y Mateo esperaban con ansias la noche en que los fantasmas del castillo volverían a abrir las puertas para ellos, sabiendo que en ese lugar mágico y misterioso siempre serían bienvenidos.

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