EL FLAUTISTA DE HAMELÍN | Cuento clásico

EL FLAUTISTA DE HAMELÍN


 

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Había una vez, en un pueblo llamado Hamelín, un problema muy grande. ¡Estaba lleno de ratones! Había ratones en las calles, en las casas, e incluso en la comida de las personas. No importaba cuánto intentaran, los habitantes no podían deshacerse de ellos.

Un día, llegó al pueblo un hombre muy especial, con una flauta mágica colgando de su cinturón. Llevaba un sombrero puntiagudo y una capa colorida que ondeaba con el viento. Se presentó ante el alcalde y le dijo:

—Soy el Flautista de Hamelín y puedo ayudar a librar al pueblo de todos esos ratones. Solo pido que, cuando termine, me paguen una buena recompensa.

El alcalde, desesperado, aceptó de inmediato.

—¡Por supuesto, Flautista! Si logras deshacernos de estos ratones, te daremos muchas monedas de oro.

El Flautista de Hamelín sacó su flauta y empezó a tocar una melodía muy hermosa. Los ratones, como por arte de magia, comenzaron a salir de todas partes: de las casas, de las calles y de los rincones más escondidos. Encantados por la música, los ratones siguieron al Flautista mientras él caminaba hacia el río que pasaba cerca del pueblo. Los ratones lo siguieron, hipnotizados por la melodía, y todos se metieron al agua y se alejaron nadando para nunca más regresar.

¡El pueblo de Hamelín por fin estaba libre de ratones! Pero cuando el Flautista volvió para recibir su recompensa, el alcalde le dijo:

—¡Oh, ya no tenemos tantos problemas! Así que no vamos a darte tantas monedas como prometimos.

Y el Flautista, muy molesto, les advirtió:

—Eso no está bien. Cumplí con mi parte del trato, ahora ustedes deben cumplir con la suya.

Pero el alcalde y los habitantes del pueblo se rieron de él y lo echaron sin darle ni una sola moneda de oro. El Flautista se fue, pero antes de irse, tocó una melodía aún más mágica con su flauta.

De repente, todos los niños del pueblo salieron de sus casas y comenzaron a seguirlo, al igual que los ratones lo hicieron antes. Los niños bailaban y reían, encantados por la música, y siguieron al Flautista por las colinas, lejos de Hamelín.

Los padres del pueblo intentaron detenerlos, pero la música era muy fuerte y mágica. El Flautista llevó a los niños a una cueva muy lejana. Cuando el Flautista dejó de tocar, la entrada de la cueva se cerró y todos los niños desaparecieron, dejando a los padres muy tristes.

El alcalde y los habitantes del pueblo, arrepentidos, suplicaron al Flautista que devolviera a los niños y prometieron darle la recompensa que antes le habían negado. El Flautista aceptó, tocó otra melodía y la cueva se abrió de nuevo, permitiendo que los niños volvieran al pueblo.

Desde ese día, los habitantes de Hamelín aprendieron la importancia de cumplir sus promesas y de ser justos con los demás.

Y el Flautista, con su flauta mágica, continuó su camino, en busca de otro lugar donde pudiera ayudar con su música encantadora.

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