La reina de las nieves | cuento clásico



LA REINA DE LAS NIEVES





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Había una vez dos niños llamados Gerda y Kay, que vivían uno al lado del otro. Eran los mejores amigos y pasaban todo el día juntos, jugando en los jardines y cuidando las flores. Sus casas tenían pequeñas ventanas que casi se tocaban, así que podían hablar y reír a través de ellas todos los días.

Un invierno, sucedió algo terrible. Un pedazo de un espejo mágico y malvado se rompió y una pequeña astilla voló hasta el ojo de Kay, mientras que otra se clavó en su corazón. Desde ese día, Kay empezó a comportarse de manera extraña. Ya no era amable y juguetón como antes, y se reía de todo lo que antes amaba. El espejo tenía el poder de hacer que todo se viera feo y frío.

Un día, mientras Kay estaba jugando solo en la nieve, apareció un gran trineo blanco tirado por hermosos caballos. En él iba sentada una dama muy alta y hermosa, vestida completamente de blanco. Era la Reina de las Nieves. Ella le sonrió a Kay y lo invitó a subir al trineo. Kay aceptó, encantado por su belleza, y no notó que, al hacerlo, comenzaba a olvidarse de todo: de su casa, de Gerda y de su vida anterior.

La Reina de las Nieves llevó a Kay a su palacio en el lejano norte, donde todo estaba hecho de hielo y nieve. Allí, Kay se quedó, jugando con trozos de hielo, tratando de formar figuras y palabras, pero no podía recordar nada más.

Mientras tanto, Gerda estaba muy triste porque su mejor amigo había desaparecido. Pasó el invierno esperando que regresara, pero cuando llegó la primavera y Kay no volvía, decidió ir en su búsqueda. Gerda era muy valiente y sabía que su amor por Kay le daría la fuerza necesaria para encontrarlo.

Gerda viajó por muchos lugares en su búsqueda. Al principio, cruzó un río en un bote y llegó a la casa de una anciana sabia que intentó hacerle olvidar su misión, pero Gerda se acordó de Kay al ver una rosa. Entonces, la niña continuó su viaje.

Luego, conoció a un cuervo muy simpático que le habló de un príncipe joven que vivía en un castillo. El cuervo pensaba que podría ser Kay. Gerda fue al castillo y, aunque el príncipe no era Kay, el príncipe y la princesa fueron muy amables y le dieron ropas nuevas y una carroza para que continuara su búsqueda.

En su camino, Gerda fue capturada por una banda de ladrones. La hija del jefe de los ladrones, una niña pequeña y valiente, se hizo amiga de Gerda y la dejó libre para que siguiera buscando a Kay. Además, le regaló a Gerda una reno, que la llevó a las tierras frías del norte.

Finalmente, Gerda llegó al palacio de la Reina de las Nieves. Todo estaba cubierto de nieve, y el frío era tan intenso que apenas podía moverse. Pero su amor por Kay era más fuerte que el frío, así que entró en el palacio.

Allí estaba Kay, sentado en el suelo, tratando de formar figuras con trozos de hielo. No la reconoció al principio, pero Gerda se acercó y lo abrazó con fuerza. Entonces, lloró lágrimas de amor tan cálidas que cayeron sobre Kay y derritieron el hielo en su corazón. La astilla del espejo malvado se deshizo y Kay, al fin, recordó a Gerda y todo lo que habían vivido.

Juntos, Gerda y Kay salieron del palacio de la Reina de las Nieves. El reno los llevó de regreso a casa, donde los esperaban el sol y las flores. Habían vencido al frío y al mal gracias al poder del amor y la amistad.

Y así, vivieron felices, cuidando sus jardines y jugando juntos como siempre.


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